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viernes, 8 de enero de 2010
"No es tan fácil" (2009)
20:10 | Publicado por
Tomás en Europa
La directora Nancy Meyers, de quien no sabíamos nada desde "The Holiday" (2006) con Cameron Díaz, Jude Law, Kate Winslet y Jack Black, vuelve a la pantalla con "It's complicated" o con otra vuelta de tuerca a lo que podríamos llamar la comedia romántica adulta, que trabajó con tanto éxito de la mano de Diane Keaton y Jack Nickolson en la genial "Cuando menos te lo esperas" (mal título para "Something's gotta give", 2003).Es necesario volver a su película de 2003 para entender las razones de esta nueva cinta. Meyers consiguió un espectacular reparto, una enorme recaudación -más de 266 millones de dólares- y hasta nominaciones a premios para sus actores con un género menospreciado por naturaleza (la comedia romántica), y más aún cuando está protagonizado por adultos "muy adultos". Pero la fórmula resultó bien y había que repetir.
En esta ocasión nos encontramos con Meryl Streep, bien aunque sin sus mejores galas; Alec Baldwin y Steve Martin, dos rivales de lujo para tan pretendida divorciada. La cinta funciona, es graciosa a ratos, con un par de hilarantes momentos, es simple y provoca empatía. No obstante, carece de la chispa que hizo de "Cuando menos te lo esperas" ("Alguien tiene que ceder" en Chile) un soplo de aire fresco en el mundo de las historias de amor y risas.
El dúo masculino no está mal: Baldwin aprovecha las tablas que le ha dado su éxito en "30 Rock" y Steve Martin, en un rol muy comedido, deja de lado la exageración a la que le han acostumbrado en "La pantera rosa" para convertirse en un soltero de oro. El resto del reparto, sobre todo los hijos fílmicos de Streep, son absolutamente prescindibles.
No quiero menospreciarla ni decir que ha sido una mala experiencia. No, la verdad es que se deja ver sin problemas, pero pasa rápido, sin mayores glorias y, al menos a mí, me deja ese inevitable gusto a que, indudablemente, podría haber sido mucho mejor.
Sólo tengo una pregunta final: ¿por qué Rita Wilson, la mujer de Tom Hanks, no hace más comedia? Me parece que tiene mucho más potencial del que se está reconociendo. La recuerdo bien en un capítulo de la serie "Mad about you" como una ocupada ejecutiva de televisión: ¡hilarante!
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miércoles, 30 de diciembre de 2009
Una tarea nada fácil
11:48 | Publicado por
Tomás en Europa
“El educador mediocre habla. El buen educador explica. El educador superior demuestra. El gran educador inspira”. (William Arthur Ward)
La historia del cine está plagada de referencias a la educación y a sus protagonistas. Tanto estudiantes como profesores han sido carne de celuloide en el último siglo, viviendo las más disparatadas, terroríficas, enternecedoras o románticas situaciones. No obstante, siempre nos es más fácil recordar a aquellos educadores que, de una forma u otra, han motivado a sus alumnos a luchar contra la adversidad, a ser fieles a sus valores, a ser valientes.
Ha habido muchos otros profesores cuya vocación o el camino que han elegido para educar están profundamente equivocados, lo que los lleva a traspasar los límites que la moral social impone, teniendo que pagar sus faltas con dolorosas sanciones. Lo que sí es igual para todos los educadores, buenos y malos, es que cuando se les juzga, no hay medias tintas: o se les ensalza a lo más alto o se les condena a la mayor de las miserias. Es el precio que se paga al jugar con las mentes del futuro.
El educador mediocre habla
En su última película como directora, Barbra Streisand toca de soslayo el tema de la educación universitaria, y es así porque el hecho de que sus protagonistas sean profesores solamente es una excusa para explicarnos la forma en que se comportarán a lo largo del metraje. En El amor tiene dos caras (The mirror has two faces, 1996), Jeff Bridges interpreta a Gregory Larkin, un hombre maduro e inexperto en las relaciones románticas que descubre las ventajas del amor sin sexo. Si en su vida personal, entonces, es bastante aburrido, la directora nos lo representa incluso peor en una de sus clases: completamente aislado de sus alumnos, concentrado en sus propias elucubraciones y sin ningún tipo de empatía hacia sus oyentes, quienes se duermen al ritmo de largas y engorrosas fórmulas matemáticas. Su vida no tiene más emoción que una gigantesca sucesión de números, incógnitas y signos.
Quizás algo parecido le ocurre a Richard Jenkins en The visitor (Thomas McCarthy, 2007), quien tras enviudar, ha perdido todo interés por la enseñanza, aborrece a sus alumnos, no quiere participar en algunas de sus obligaciones y apenas quiere mantener el contacto con un mundo que le resulta hostil. Sin embargo, la vida del profesor Walter Vale –papel que le valió su primera nominación al Oscar- todavía tiene mucho que entregar, pero lo hará fuera de las aulas, en lo que el cliché nos lleva a llamar “la escuela de la vida”. Será el mismo profesor quien aprenda nuevos valores que nunca hubiese descubierto protegido en su mundo universitario.
Invaluable es su breve monólogo frente a los guardias de Inmigración cuando grita: “No somos niños indefensos”, frase que encierra una dura crítica a la política del miedo que se ejerce en Estados Unidos en materia de Seguridad Nacional, a todo un sistema que se llama a sí mismo democrático. Pero lo más duro no es la idea en sí, sino que ella viene desde dentro, desde la clase intelectual, desde una persona “pensante”, algo muy poco usual en el cine americano.
El mundo de las pizarras y los libros, no obstante, se convierte en un terreno dificultoso para el desarrollo de los jóvenes y para el desempeño de los educadores. Sin ir más lejos, el director Richard Eyre nos traslada en Diario de un escándalo (Notes on a Scandal, 2006) a una escuela inglesa donde las pasiones se desatan en todos los sentidos. De la misma forma en que vemos a una odiada y amarga profesora a punto de jubilarse (Judi Dench), encontramos a la apetecible, deseada y recién llegada Sheba Hart (Cate Blanchett), quien se dejará seducir por la juventud e ímpetu de uno de sus estudiantes.
Ninguna de ellas es brillante como maestra, aunque son buenas en lo que hacen. A una le faltan tablas y disciplina, mientras que la otra carece de gracia, capacidad de adaptación y de simpatía. Judi Dench –en el papel de Barbara Covett- es tan incapaz de bajar de su autoconstruido pedestal, que no se da cuenta de los cambios en las costumbres juveniles y en la necesidad de renovarse a sí misma para mantenerse vigente. Por el contrario, Cate Blanchett es capaz de transgredir sus propios principios y ponerse en peligro ante su incapacidad de ejercer una autoridad de la que carece por completo. Las palabras de ambas en el mundo educativo son tan vacías como sus propias vidas.
El duelo entre tales fuerzas de la naturaleza, entre dos bestias interpretativas, se salda con un drama de proporciones, en el cual somos testigos del hundimiento de la figura de ambas profesoras al más profundo de los infiernos, sin posibilidad alguna de salvación. El entorno del colegio –que funciona como un diverso y reducido entorno social- será el encargado de juzgarlas, ponerlas en jaque y derrotarlas en un par de jugadas.
El gran educador inspira
Ya lo vimos en El club de los poetas muertos (Dead poets society, Peter Weir, 1989). El profesor que es capaz de treparse a las mesas, de gritar, de emocionarse y emocionar es el que realmente enseña. Se le podrá juzgar de forma errónea, pero su huella se extenderá más allá de lo imaginable.
La imagen se repite, en cierto modo, en Cadena de favores (Pay it forward, Mimi Leder, 2000) donde Kevin Spacey ejerce de un profesor que invita a sus jóvenes estudiantes a realizar un proyecto. Como era de esperar, la idea de Haley Joel Osment de crear una “cadena de favores”, termina traspasando todas las fronteras en uno de los finales más lacrimógenos de la última década.
Por su parte, Barbra Streisand se reservó en su película de 1996 el papel de Maestra con mayúsculas, de la gran oradora, de una especie de gurú entre sus estudiantes. Vemos como una Rose Morgan bastante poco agraciada, se transforma en una deslumbrante especie de líder motivacional innato: su auditorio está repleto; la gente participa, ríe, se emociona. Su inspiración traspasa la literatura, la filosofía, la historia y los arquetipos para decir, terrenalmente, que la gente está dispuesta a enamorarse una y otra vez simplemente porque –parafraseando a la actriz- “se siente jodidamente bien”. Nada más universal que el amor para conquistar a su público y un personaje hecho a su medida para lucirse.
Educadores muy dispares todos, pero con un eje común que los mueve: la pasión o la falta de ella. Algunos la utilizan para potenciar su talento y otros, para perder la poca vocación o dignidad que les quedaba. Siempre se ha dicho que para ser profesor hay que tener un ego importante –sino de qué otra forma tendrías el valor de enseñar a los demás-, pero el ego sin un sólido cable a tierra no es más que dinamita a punto de estallar.
Los buenos profesores inspiran, los malos te condenan, los mediocres sólo hablan sin decir nada y hay educadores que no explican ni demuestran muchas cosas. Lo que sí queda claro es que ser profesor en el cine no es tarea fácil y que, para demostrar su valía hará falta sacrificar algo o a alguien: su carrera profesional, su familia, el amor o, incluso, a uno de sus propios alumnos. Y en caso de que queramos un final feliz, simplemente hay que ser Barbra Streisand.
La historia del cine está plagada de referencias a la educación y a sus protagonistas. Tanto estudiantes como profesores han sido carne de celuloide en el último siglo, viviendo las más disparatadas, terroríficas, enternecedoras o románticas situaciones. No obstante, siempre nos es más fácil recordar a aquellos educadores que, de una forma u otra, han motivado a sus alumnos a luchar contra la adversidad, a ser fieles a sus valores, a ser valientes.
Ha habido muchos otros profesores cuya vocación o el camino que han elegido para educar están profundamente equivocados, lo que los lleva a traspasar los límites que la moral social impone, teniendo que pagar sus faltas con dolorosas sanciones. Lo que sí es igual para todos los educadores, buenos y malos, es que cuando se les juzga, no hay medias tintas: o se les ensalza a lo más alto o se les condena a la mayor de las miserias. Es el precio que se paga al jugar con las mentes del futuro.
El educador mediocre habla
En su última película como directora, Barbra Streisand toca de soslayo el tema de la educación universitaria, y es así porque el hecho de que sus protagonistas sean profesores solamente es una excusa para explicarnos la forma en que se comportarán a lo largo del metraje. En El amor tiene dos caras (The mirror has two faces, 1996), Jeff Bridges interpreta a Gregory Larkin, un hombre maduro e inexperto en las relaciones románticas que descubre las ventajas del amor sin sexo. Si en su vida personal, entonces, es bastante aburrido, la directora nos lo representa incluso peor en una de sus clases: completamente aislado de sus alumnos, concentrado en sus propias elucubraciones y sin ningún tipo de empatía hacia sus oyentes, quienes se duermen al ritmo de largas y engorrosas fórmulas matemáticas. Su vida no tiene más emoción que una gigantesca sucesión de números, incógnitas y signos.
Quizás algo parecido le ocurre a Richard Jenkins en The visitor (Thomas McCarthy, 2007), quien tras enviudar, ha perdido todo interés por la enseñanza, aborrece a sus alumnos, no quiere participar en algunas de sus obligaciones y apenas quiere mantener el contacto con un mundo que le resulta hostil. Sin embargo, la vida del profesor Walter Vale –papel que le valió su primera nominación al Oscar- todavía tiene mucho que entregar, pero lo hará fuera de las aulas, en lo que el cliché nos lleva a llamar “la escuela de la vida”. Será el mismo profesor quien aprenda nuevos valores que nunca hubiese descubierto protegido en su mundo universitario.
Invaluable es su breve monólogo frente a los guardias de Inmigración cuando grita: “No somos niños indefensos”, frase que encierra una dura crítica a la política del miedo que se ejerce en Estados Unidos en materia de Seguridad Nacional, a todo un sistema que se llama a sí mismo democrático. Pero lo más duro no es la idea en sí, sino que ella viene desde dentro, desde la clase intelectual, desde una persona “pensante”, algo muy poco usual en el cine americano.
El mundo de las pizarras y los libros, no obstante, se convierte en un terreno dificultoso para el desarrollo de los jóvenes y para el desempeño de los educadores. Sin ir más lejos, el director Richard Eyre nos traslada en Diario de un escándalo (Notes on a Scandal, 2006) a una escuela inglesa donde las pasiones se desatan en todos los sentidos. De la misma forma en que vemos a una odiada y amarga profesora a punto de jubilarse (Judi Dench), encontramos a la apetecible, deseada y recién llegada Sheba Hart (Cate Blanchett), quien se dejará seducir por la juventud e ímpetu de uno de sus estudiantes.
Ninguna de ellas es brillante como maestra, aunque son buenas en lo que hacen. A una le faltan tablas y disciplina, mientras que la otra carece de gracia, capacidad de adaptación y de simpatía. Judi Dench –en el papel de Barbara Covett- es tan incapaz de bajar de su autoconstruido pedestal, que no se da cuenta de los cambios en las costumbres juveniles y en la necesidad de renovarse a sí misma para mantenerse vigente. Por el contrario, Cate Blanchett es capaz de transgredir sus propios principios y ponerse en peligro ante su incapacidad de ejercer una autoridad de la que carece por completo. Las palabras de ambas en el mundo educativo son tan vacías como sus propias vidas.
El duelo entre tales fuerzas de la naturaleza, entre dos bestias interpretativas, se salda con un drama de proporciones, en el cual somos testigos del hundimiento de la figura de ambas profesoras al más profundo de los infiernos, sin posibilidad alguna de salvación. El entorno del colegio –que funciona como un diverso y reducido entorno social- será el encargado de juzgarlas, ponerlas en jaque y derrotarlas en un par de jugadas.
El gran educador inspira
Ya lo vimos en El club de los poetas muertos (Dead poets society, Peter Weir, 1989). El profesor que es capaz de treparse a las mesas, de gritar, de emocionarse y emocionar es el que realmente enseña. Se le podrá juzgar de forma errónea, pero su huella se extenderá más allá de lo imaginable.
La imagen se repite, en cierto modo, en Cadena de favores (Pay it forward, Mimi Leder, 2000) donde Kevin Spacey ejerce de un profesor que invita a sus jóvenes estudiantes a realizar un proyecto. Como era de esperar, la idea de Haley Joel Osment de crear una “cadena de favores”, termina traspasando todas las fronteras en uno de los finales más lacrimógenos de la última década.
Por su parte, Barbra Streisand se reservó en su película de 1996 el papel de Maestra con mayúsculas, de la gran oradora, de una especie de gurú entre sus estudiantes. Vemos como una Rose Morgan bastante poco agraciada, se transforma en una deslumbrante especie de líder motivacional innato: su auditorio está repleto; la gente participa, ríe, se emociona. Su inspiración traspasa la literatura, la filosofía, la historia y los arquetipos para decir, terrenalmente, que la gente está dispuesta a enamorarse una y otra vez simplemente porque –parafraseando a la actriz- “se siente jodidamente bien”. Nada más universal que el amor para conquistar a su público y un personaje hecho a su medida para lucirse.
Educadores muy dispares todos, pero con un eje común que los mueve: la pasión o la falta de ella. Algunos la utilizan para potenciar su talento y otros, para perder la poca vocación o dignidad que les quedaba. Siempre se ha dicho que para ser profesor hay que tener un ego importante –sino de qué otra forma tendrías el valor de enseñar a los demás-, pero el ego sin un sólido cable a tierra no es más que dinamita a punto de estallar.
Los buenos profesores inspiran, los malos te condenan, los mediocres sólo hablan sin decir nada y hay educadores que no explican ni demuestran muchas cosas. Lo que sí queda claro es que ser profesor en el cine no es tarea fácil y que, para demostrar su valía hará falta sacrificar algo o a alguien: su carrera profesional, su familia, el amor o, incluso, a uno de sus propios alumnos. Y en caso de que queramos un final feliz, simplemente hay que ser Barbra Streisand.
PUBLICADO EN LA REVISTA "VERSIÓN ORIGINAL" DE DICIEMBRE 2009, DEDICADO A LOS PROFESORES EN EL CINE
martes, 8 de diciembre de 2009
"En la cama" (2005)
20:26 | Publicado por
Tomás en Europa
"En la cama" (Matías Bize. Chile, Alemania. 2005) nos demuestra que es viable sostener un guión con dos personajes durante casi 1 hora y media, sin que ello implique un desgaste significativo del ritmo o del interés que pueden despertar sus protagonistas. Además, la cama como escenario da juego a una suerte innumerable de posturas y dinámicas que, con sexo o sin él, permiten asomarnos un poco a las vidas de Daniela (Blanca Lewin) y Bruno (Gonzalo Valenzuela), dos casi desconocidos que acaban la noche en un motel dando rienda suelta a una pasión que dejará huella.La película es sexual sin ser explícita; es humana sin caer en la sensiblería; es real con muchos tintes de fantasía. Tiene algo de desparpajo y es, a la vez, muy pacata, siempre como juego de la dualidad de sus personajes: son tan abiertos y desenfadados en lo físico, pero muy cuidadosos y reservados en lo que concierne a sus sentimientos. Quizás un poco como todos, que muchas veces damos una imagen de absoluta seguridad, cuando por dentro no dejamos de temblar de miedo y desesperación frente a aquello que nos aterroriza. Además, muchas relaciones humanas son así: superficiales y químicas, más que profundas y complejas.
Lewin y Valenzuela, dos actores curtidos principalmente en televisión, pero con presencia también en teatro, se complementan perfectamente y hacen de su "relación" algo creíble, cuando no resulta tarea fácil jugar con los mínimos elementos de atrezo y darle consistencia a un entorno casi desnudo.
Si bien el guión está bien hecho y los diálogos son muy cotidianos, a ratos suena cursi y pierde una frescura que la podría haber convertido en la hermana "desinhibida" de "Antes del amanecer" (Richard Linklater, 1995), guardando las distancias.
Creo que Bize tiene una buena mano para contar historias. Ayer, de hecho, también vi uno de sus cortos ("Llamando", 2005, con una magnífica Elena Corredera), que resultó ser una grata sorpresa. Pero quizás le faltó un poco más de atrevimiento, de llegar un poco más adentro de sus personajes. De todas formas, es una buena razón para convencerse de las buenas ideas que se están contando en la parte baja de Sudamérica.
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domingo, 6 de diciembre de 2009
"Jennifer's body" (2009)
18:34 | Publicado por
Tomás en Europa
No tenía ninguna expectativa sobre esta película más allá de saber qué haría la guionista Diablo Cody después de la encantadora "Juno" (2007) y de la genial serie de televisión "United States of Tara" (2009). Un film de "terror adolescente" -aunque no al uso-, una Megan Fox más llamativa que talentosa y un argumento que, si bien prometía originalidad en el planteamiento, no me terminaba de convencer.
¿El resultado? Me he quedado convencido: Diablo Cody tiene cosas que contar y lo hace de una manera desenfadada, graciosa y con mucha ironía, quizás es la seguridad que da el haber vuelto de un lugar poco agradable y haber triunfado.
Jennifer (Fox) que da título a la cinta, es una jovencita erotizada y conciente de sus armas, que va por la vida arrasando con su belleza, acompañada de su fiel y desmejorada amiga Needy (Amanda Seyfried, la rubia hija de Meryl Streep en "Mamma mia!"), hasta que se desata la tragedia: Jennifer es sacrificada en un ritual satánico por un grupo de rock, pensando que la víctima era virgen. Craso error, porque la post-adolescente experimentada se convertirá en un demonio sediento de sangre.
Bien contada y estructurada, y sin pretender convertirse en un referente del cine de terror o de las sagas adolescentes o de la tan manoseada moda zombie, la película dirigida por Karyn Kusama (Aeon Flux, 2005) se transforma en una bocanada de aire fresco, en una versión muy hormonada y MTV de Carrie, que no deja mal sabor de boca.
Mucho humor del negro, un par de protagonistas explosivas y un rato de entretenimiento a veces son una buena excusa para pasar algo menos de dos horas frente a la pantalla, más aún cuando las sorpresas se suceden una tras otra. Y todavía más cuando vemos que hay alguien capaz de romper algunos esquemas muy típicos del cine americano. Diablo Cody, sigues teniendo mi voto de confianza, pero todavía puedes sorprenderme mucho más.
"Un lugar donde quedarse" (2009)
18:10 | Publicado por
Tomás en Europa
Sam Mendes, director de American Beauty y Revolutionary Road, sigue la línea de estas dos películas en su viaje hacia un Estados Unidos profundo, frágil, lleno de dudas, en el terreno que quizás más flaquea: la familia, el individuo y la paz con uno mismo.
Si en American Beauty todo parecía forzado, a ratos evidentemente ridículo y fuera de lugar, en Revolutionary Road todo era más pausado, más preciso, más consistente y mucho más crítico, pero sin caer en la vana provocación de una cinta sobrevalorada, pero que dio sustento suficiente al director para continuar con esa búsqueda iniciada. Pero en "Un lugar donde quedarse" (Away we go, 2009), Mendes se libera de toda la carga dramática excesiva, de las tensiones, de las palabras ahogadas y se lanza de lleno a un guión lleno de guiños a lo cotidiano, a lo más cercano, a aquellos lugares en los que todos hemos estado alguna vez.
Verona (Maya Rudolph) y Burt (John Krasinski) son una tierna pareja, a punto de estrenarse como padres, que busca su lugar en el mundo para la nueva etapa que se les presenta. Si bien su viaje se convierte más en una investigación antropológica de las tendencias actuales: los padres liberados, los "no contaminados", los asumidos/felices y las familias rotas, terminan por descubrir que su lugar en el mundo es aquel en el que se sienten cómodos y donde estén dispuestos a echar raíces o a recupar las que habían perdido.
Trabajada sobre diálogos simples, imágenes de postal y con un ritmo adecuado para paladearla cuidadosamente, Mendes sorprende por varias cosas: tiene una forma muy particular de contar las historias y sus motivaciones son muy evidentes, pero muchas veces falla en la falta de "chispa" (por decirlo de alguna forma), porque no traspasa la formalidad en ninguno de sus trabajos, es totalmente parco y sobrio. No creo que eso sea malo, pero siempre hay que estar dispuestos a correr pequeños riesgos, más aún si se tiene la reputación del director.
Muy buena química entre la pareja protagonista y un reparto de secundarios muy conocidos: Catherine O'Hara (la madre de Macaulay Culkin en "Solo en casa"), Jeff Daniels, Allison Janney (vista en "The west wing", "Hairspray" o "Juno"), Maggie Gyllenhaal y Chris Messina.
Tierna, con tintes cómicos y una pausa que sólo da la madurez, "Un lugar donde quedarse" es una gran ocasión para dejarse conquistar por la sencillez y el talento de las películas alejadas de los grandes escenarios y de los efectos especiales, con un Sam Mendes que cada vez huele más a "indie".
"Mi vida en ruinas" (2009)
14:15 | Publicado por
Tomás en Europa
Originalmente pensada como una secuela de "Mi gran boda griega" (My big fat greek wedding, 2002) según los comentarios que circulaban en la prensa y en Internet hace algunos años, "Mi vida en ruinas" (My life in ruins, 2009) se separa de su referente en pequeños detalles, pero bebe de aquellos frescos detalles que la convirtieron en una delicia cómica inofensiva, aunque sin la sorpresa ni su encanto natural.
Con esto no digo que la nueva película de Nia Vardalos no tenga su propio encanto, pero se nota que sus manos no pasaron por un guión plagados de clichés ya vistos, de gags muy esperados y de unos arquetipos manoseados hasta la saciedad en las comedias modernas.
La historia nos lleva a Grecia, donde Georgia (Vardalos) es una aburrida e insatisfecha guía turística. Pero nada más comenzar su andadura, ya se sabe por dónde van los tiros. Al menos eso me pasó a mí, más acostumbrado a este género. Desde ahí y gracias a un variopinto grupo de personajes, las cosas dejarán de ser tan malas, el amor ocupará el lugar que debe tener y final feliz edulcorado y asegurado.
Muchos guiños a las "típicas costumbres griegas" vistas desde fuera, que más que graciosas a veces resultan ridículas e imagino que hasta ofensivas. Pero no importa, el cine americano se puede tomar esas licencias sin ningún miramiento. Incluso, con algo de ingeniudad, parece reírse de su propia gente, aunque sólo sea un poco.En el reparto, además de Richard Dreyfuss y Rita Wilson, encontramos a María Adánez y a María Botto y a una larga lista de rostros familiares en la televisión española: María Ripalda, Nacho Pérez, José Sacristán o María José Goyanes.
Simpática, demasiado liviana quizás, pero con una protagonista que, a mi gusto, tiene mucho ángel desaprovechado. "Mi vida en ruinas" es, además, una excelente postal de las vacaciones que todos queremos tener en Grecia, más aún, en medio de este frío otoñal que nos acompaña.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Wall.E: La condición humana y la ecuación del romance
22:37 | Publicado por
Tomás en Europa
Ciertamente se ha dicho todo, o casi, sobre Wall.E (2008) desde su estreno el verano pasado. Sin embargo, no hay mejor ejercicio crítico que detenerse en las obras de arte, para ser capaces de observarlas hasta haber conseguido, al menos, vislumbrar parte de su grandeza.
La cinta animada de Pixar, quizás una de las más llamativas en cuanto a la calidad y tratamiento de las imágenes, será recordada por muchas cosas, como pueden ser los primeros 30 minutos de metraje, producidos con un nivel de maestría tal, que más de uno dudamos de si no nos habíamos equivocado de sala y estábamos viendo escenas reales de un planeta Tierra, desolado y descolorido. Además, prácticamente sin diálogos, algo impensable en una industria que se caracteriza por cuidar hasta el detalle más ínfimo para que todo sea un potencial producto. Y qué decir, que no sepamos ya, del sonido, de la cuidada producción o de sus muchas posibles lecturas –pese a que su director afirma fehacientemente que nunca pensó en los subtextos del guión-.
No obstante, el mayor logro de Wall.E radica en que, en cuanto a la imaginería robótica a la que estábamos acostumbrados, marca un antes y un después en la creación, en la emotividad, en la humanidad y en la simpleza, extensible a todo el proceso productivo.
Claro heredero de su símil en Cortocircuito (Short Circuit, 1986) y con cierto aroma a los “monstruos” o seres no humanos que ya hemos visto en otras producciones infantiles, nuestro robot no es más que una pequeña caja con unos prismáticos por ojos. No requiere de alta tecnología ni de mecánicas extensiones para convertirse en protagonista. Incluso su pareja en la ficción, Eva –quintaesencia de la técnica avanzada-, tiene unas líneas tan simples, que la llegamos a considerar una más de los no evolucionados, otra entre los “defectuosos” que ponen en peligro la apatía y la ignorancia humana, logrando su cometido sin efectismos ni artificios.
Me aventuro a creer que en la génesis de esta cinta se pensó en estructurar la producción global alrededor de la máxima consigna de la elegancia: “menos es más”. No hay sobrecarga de personajes (prácticamente conocemos los nombres de los protagonistas y alguno más), los logrados escenarios son tan reales como escasos (la tierra polvorienta, el infinito espacio y el crucero espacial), y no nos incitan al hastío con demenciales canciones, imposibles coreografías o inútiles minutos de acción pixelada.
Pero lo que más agradecemos es que no nos agotan con las profundas teorías revisionistas de la relación entre el hombre y la máquina, o las ideas conspiracionistas sobre quién controlaría el mundo en los próximos siglos; o, simplemente, con las traumáticas experiencias de robots demasiado humanos (y viceversa).
No puedo dejar de pensar, automáticamente, en otros famosos androides o robots de la historia del Séptimo Arte: C3PO, los mismos protagonistas de la película Robots (2005), incluso el personaje de Robocop. Todos ellos, pese a sus profundas diferencias, tenían mucho de humanos en la forma, en la comunicación a través de un lenguaje definido, en ciertas muestras de emotividad o reacciones ante determinados estímulos. Incluso los ordenadores cobraban vida propia, se les humanizaba en lo bueno o en lo malo.
Sin embargo, Wall.E es diferente. Y no lo digo con la intención de deshumanizarlo, que creo que sería un crimen; sino porque, desde su propia esencia robótica, se le ha dado un toque de condición humana que va mucho más allá de algo estético. En lo físico, es tan simple y básico, que es imposible asociarlo a un individuo de carne y hueso. Pero en lo emocional es casi tanto o más complejo que cualquiera de nosotros.
Ya no es una mera caricatura de un hombre y su mundo interior, si no que es todo un entramado de sensibilidad, de fragilidad, de fortaleza, de amor y de valentía como el cine jamás había visto. Tanto es así, que la historia de amor entre Wall.E y Eva es tan creíble como necesaria. Es amor puro, concreto, casi como el de cualquier comedia romántica de final feliz. Aventurándome un poco más, quizás hasta todo el resto de la trama pasa a un total segundo o tercer plano, fulminado por la carga emocional.
Cada vez que ellos se cogen de la mano o se miran con esos ojos aparentemente inexpresivos, el corazón del público se reconforta, se sobrecoge. ¿Por qué nos emocionamos ante dos máquinas nacidas de un mísero píxel? Pues porque no lo son. Han dejado de ser artilugios de la técnica para convertirse en parte de una realidad cinematográfica, más allá de un microchip.
La pareja repite unos arquetipos que ya hemos visto demasiadas veces, pero que hasta hoy, nos siguen conmoviendo: la guapa sofisticada y el bruto algo más simple. En Disney, sin ir más lejos, hay dos muestras emblemáticas: La bella y la bestia (Beauty and the beast, 1993), y La dama y el vagabundo (Lady and the tramp, 1955). Pero la historia del cine está llena de ejemplos similares. Y la fórmula sigue funcionando porque es como la vida misma. Más allá de tendencias de moda y de cuidados corporales, la ecuación en el amor sigue inalterable y el resultado siempre será positivo si, pese a los factores que atentan contra el romance, el final es feliz. Y Wall.E nos regala uno de antología.
Amores aparte, lo que no es discutible es que la película de la factoría Disney-Pixar –sin olvidar que nos recuerda más a esta última que a la compañía del tío Walt-, se ha convertido en un punto de inflexión para todo lo que vendrá en el futuro. Nunca el cine de animación había sido más adulto –pese a una simpleza e inocencia tan infantil- y nunca será el mismo después de esta ¿inhumana? historia de amor.
La cinta animada de Pixar, quizás una de las más llamativas en cuanto a la calidad y tratamiento de las imágenes, será recordada por muchas cosas, como pueden ser los primeros 30 minutos de metraje, producidos con un nivel de maestría tal, que más de uno dudamos de si no nos habíamos equivocado de sala y estábamos viendo escenas reales de un planeta Tierra, desolado y descolorido. Además, prácticamente sin diálogos, algo impensable en una industria que se caracteriza por cuidar hasta el detalle más ínfimo para que todo sea un potencial producto. Y qué decir, que no sepamos ya, del sonido, de la cuidada producción o de sus muchas posibles lecturas –pese a que su director afirma fehacientemente que nunca pensó en los subtextos del guión-.
No obstante, el mayor logro de Wall.E radica en que, en cuanto a la imaginería robótica a la que estábamos acostumbrados, marca un antes y un después en la creación, en la emotividad, en la humanidad y en la simpleza, extensible a todo el proceso productivo.
Claro heredero de su símil en Cortocircuito (Short Circuit, 1986) y con cierto aroma a los “monstruos” o seres no humanos que ya hemos visto en otras producciones infantiles, nuestro robot no es más que una pequeña caja con unos prismáticos por ojos. No requiere de alta tecnología ni de mecánicas extensiones para convertirse en protagonista. Incluso su pareja en la ficción, Eva –quintaesencia de la técnica avanzada-, tiene unas líneas tan simples, que la llegamos a considerar una más de los no evolucionados, otra entre los “defectuosos” que ponen en peligro la apatía y la ignorancia humana, logrando su cometido sin efectismos ni artificios.
Me aventuro a creer que en la génesis de esta cinta se pensó en estructurar la producción global alrededor de la máxima consigna de la elegancia: “menos es más”. No hay sobrecarga de personajes (prácticamente conocemos los nombres de los protagonistas y alguno más), los logrados escenarios son tan reales como escasos (la tierra polvorienta, el infinito espacio y el crucero espacial), y no nos incitan al hastío con demenciales canciones, imposibles coreografías o inútiles minutos de acción pixelada.
Pero lo que más agradecemos es que no nos agotan con las profundas teorías revisionistas de la relación entre el hombre y la máquina, o las ideas conspiracionistas sobre quién controlaría el mundo en los próximos siglos; o, simplemente, con las traumáticas experiencias de robots demasiado humanos (y viceversa).
No puedo dejar de pensar, automáticamente, en otros famosos androides o robots de la historia del Séptimo Arte: C3PO, los mismos protagonistas de la película Robots (2005), incluso el personaje de Robocop. Todos ellos, pese a sus profundas diferencias, tenían mucho de humanos en la forma, en la comunicación a través de un lenguaje definido, en ciertas muestras de emotividad o reacciones ante determinados estímulos. Incluso los ordenadores cobraban vida propia, se les humanizaba en lo bueno o en lo malo.
Sin embargo, Wall.E es diferente. Y no lo digo con la intención de deshumanizarlo, que creo que sería un crimen; sino porque, desde su propia esencia robótica, se le ha dado un toque de condición humana que va mucho más allá de algo estético. En lo físico, es tan simple y básico, que es imposible asociarlo a un individuo de carne y hueso. Pero en lo emocional es casi tanto o más complejo que cualquiera de nosotros.
Ya no es una mera caricatura de un hombre y su mundo interior, si no que es todo un entramado de sensibilidad, de fragilidad, de fortaleza, de amor y de valentía como el cine jamás había visto. Tanto es así, que la historia de amor entre Wall.E y Eva es tan creíble como necesaria. Es amor puro, concreto, casi como el de cualquier comedia romántica de final feliz. Aventurándome un poco más, quizás hasta todo el resto de la trama pasa a un total segundo o tercer plano, fulminado por la carga emocional.
Cada vez que ellos se cogen de la mano o se miran con esos ojos aparentemente inexpresivos, el corazón del público se reconforta, se sobrecoge. ¿Por qué nos emocionamos ante dos máquinas nacidas de un mísero píxel? Pues porque no lo son. Han dejado de ser artilugios de la técnica para convertirse en parte de una realidad cinematográfica, más allá de un microchip.
La pareja repite unos arquetipos que ya hemos visto demasiadas veces, pero que hasta hoy, nos siguen conmoviendo: la guapa sofisticada y el bruto algo más simple. En Disney, sin ir más lejos, hay dos muestras emblemáticas: La bella y la bestia (Beauty and the beast, 1993), y La dama y el vagabundo (Lady and the tramp, 1955). Pero la historia del cine está llena de ejemplos similares. Y la fórmula sigue funcionando porque es como la vida misma. Más allá de tendencias de moda y de cuidados corporales, la ecuación en el amor sigue inalterable y el resultado siempre será positivo si, pese a los factores que atentan contra el romance, el final es feliz. Y Wall.E nos regala uno de antología.
Amores aparte, lo que no es discutible es que la película de la factoría Disney-Pixar –sin olvidar que nos recuerda más a esta última que a la compañía del tío Walt-, se ha convertido en un punto de inflexión para todo lo que vendrá en el futuro. Nunca el cine de animación había sido más adulto –pese a una simpleza e inocencia tan infantil- y nunca será el mismo después de esta ¿inhumana? historia de amor.
(Artículo publicado en la revista "Versión Original" - Septiembre 2009)
domingo, 22 de noviembre de 2009
"La clase" (2008)
22:20 | Publicado por
Tomás en Europa
No se me ocurre otro apelativo para comenzar a comentar esta película: honesta. Me parece que derrocha honestidad en la realidad, en la puesta en escena, en los personajes -tan reconocibles y arquetípicos-; en los diálogos y en la tensión alumno-profesor, profesor-profesor, profesor-director, padres-alumnos, etc."Entre les murs", título original del libro escrito por François Bégaudeau, quien también participaría como coautor del guión cinematográfico y protagonista de su propia novela, nos lleva a una escuela francesa -que prácticamente se convierte en escenario único- donde las cosas no son fáciles: hay mucha inmigración, pocos recursos y demasiadas hormonas en juego para que no surjan los problemas en todos los niveles. Se centra en la clase de lengua del profesor Marin, donde seremos testigos de las pulsiones más naturales del ser humano: la defensa propia y la de las causas perdidas; la vergüenza, la incomprensión, el desafío, la rebeldía, la envidia, la ira y el perdón.
La película no pretende justificar ni a las "víctimas" ni a los "victimarios" (dependiendo de quién lo vea, podrán ser los alumnos o los profesores, o ambos como víctimas de un sistema desigual), sino que relatar la vida "entre los muros" de una escuela con una sencillez y una honestidad como sólo Cantet podría hacerlo, tal como nos mostró en "Recursos humanos" hace ya una década. Ninguno de los personajes es del todo bueno o definitavemente perverso, sino que cada uno de ellos es un abanico de matices tan natural como la vida cotidiana.
Filmada con delicadeza, pero inevitablemente cruda e intensa, "La clase" estuvo nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera, se llevó la Palma de Oro en Cannes y recogió varios premios internacionales. Méritos tiene de sobra, ya que deja de lado la imagen del perfecto maestro y nos muestra las imperfecciones de un sistema educativo en todos los niveles, donde docentes y estudiantes se sienten, muchas veces, desvalidos e incomprendidos. Un film que hace falta ver para comprenderlo desde dentro.
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